Sería genial.
Pero ahora, Abel, te agredecería que me dejases en el suelo.
Por favor.
Es la chica que espera a Belladona en la parada del autobús todas las mañanas. La pequeñita, del abrigo negro con botones y el gorro de lana, rojo como el fuego. La de pelo color caoba y ojos casi dorados y enormes. ¡La de las converse azules!
Vega. Vega Lyra, la que tiene nombre de estrella y pecas en la nariz. La de las gafas de sol de montura plateada que solo lleva en invierno. La que estudia el bachiller tecnológico “porque me da la gana y punto”. La que vive prácticamente en casa de Belladona (excepto los sábados, que es cuando la otra se pasa a dormir, comer, y en general, respirar a su casa), la que siempre va con ella. Su mejor amiga. La que se sienta al lado de Sirius, el hermano de ésta, en todas las clases, porque, bueno, Vega es la que sabe los secretos de todo el mundo y Sirius no es una excepción.
Vega. La que espera ser arquitecta algún día, la que sueña con volar, la optimista, la que solo tiene dos enemigos declarados, Vecino Cabrón (cuyo nombre completo es: Vecino Cabrón de Belladona y Sirius que Aún Encima Está Bueno El Muy Gilipollas) y Abel Reih. (¡Ah, y por supuesto el Perro Horrible De La Abuela!).
Esa es la Vega de la que hablo. La actriz. La que está escondida detrás de una cortina de humo, hecha a prueba de sopladores expertos (Excepto tal vez de Abel Reih, pero no va a atreverse a probar.) Esa, precisamente esa.
(También es la que tiene tatuadas unas alas de golondrina en la espalda, por si algún día tiene que echar a volar.)
Pongamos que se llama Belladona, como la planta, y que es tan venenosa como ella. Pongamos que tiene el pelo dorado, que se le riza a la mínima y que lo lleva largo. Pongamos que le gusta hacerse una trenza en el lado izquierdo de la nuca con todo el pelo y un coletero de color morado en la punta. Pongamos que tiene una sonrisa tan bonita como sus ojos verdes. Pongamos que lleva tres aros en la oreja derecha y en la izquierda solo uno. Pongamos que cuando habla, gesticula un poco con las manos, para acompañar la cadencia de esa voz suave, firme y fría.
Pongamos que es una de las chicas más guapas del instituto, que es muy inteligente y que se le dan bien el latín, el inglés y el francés. Pongamos que se sienta al final de la clase, entre la ventana y ese chico de pelo negro que habla poco. Pongamos que vive en un ático, que tiene un hermano mellizo y una madre divorciada que gana lo suficiente como para que vivan sin preocuparse por el dinero. Pongamos que no sabe casi nada de su padre, salvo que sigue pasándole una pensión a su madre todos los meses.
Pongamos que es una embustera. Pongamos que si algún día se muerde la lengua, se envenenará. Pongamos que tiene como arma de emergencia una sonrisa de reptil, que significa un “No-Me-Importa”. Pongamos que no se preocupa por (casi) nada. Pongamos que ni siquiera tiene corazón como para que lata.
Pongamos esto, porque no hace falta mucho más. Pongamos esto y tendremos a Belladona, la terrible, la magnífica.
(Pongamos también que tiene un vecino al que odia con toda su alma. Sí, añadamos eso. Es de lo más interesante…)