-Eh, Road Carbuncle, me parece que te busca la policía.¿Cuanto medían los tacones? ¿Doce centímetros y medio? Sí, puede ser. Eran del mismo color escarlata que los labios, ¿verdad? Probablemente. ¿Y el perfume? No era
vainilla, y tampoco
chocolate. Cerezas, tal vez. No.
Pimienta negra. Eso es, perfume de pimienta negra.
A Luciérnaga no le gustó. No le gustó cuando entró por la puerta del Moon Tabern con el cigarrillo a medio consumir entre los dedos índice y corazón y la chaqueta de cuero desgastada y mal abrochada. Y no le gustó cuando entró y, directamente, abrazó a Céfiro.
Porque, al fin y al cabo ¿quien era ella? Una fugitiva, una extraña que se movía como si fuera la reina del cotarro. Ella era la versión extraoficial, una muy buena historia.
Tenía una risa extraña, que sonaba ronca porque la utilizaba más bien poco (por no decir nunca), el pelo fatal cortado, y una mirada inquietante. Luciérnaga lo notó en cuanto se miraron a los ojos por primera vez y vió aquellos iris de color rojo apagado.
Pero lo que mas le molestó de ella fueron sus maneras. Se comportaba como si el mundo fuera suyo, miraba mal a aquellos que le dirigían miradas curiosas, era amabilísima con Céfiro... Y a ella la trataba bien. Correctamente. De manera educada, incluso. Y aquello no era justo, porque si eres de una manera, lo eres con todo el mundo, según Luciérnaga. Y además, para ser una buscada por la policía, aquella chica no tenía ninguna prisa.
Y además, tenía un coche que no le iba para nada. Porque cuando tu sales al descampado que había para aparcar los coches y ves a una chica como ella al lado de un enorme todoterreno lo primero que haces es mirar al otro lado y buscar su coche. Pero no.
¿Cuantas maletas había en el maletero? Tres, eran tres. La de la ropa, la del portatil y la otra, que era todo un misterio.
¿Quién era Road Carbuncle?
Luciérnaga y Céfiro todavía no están seguros.